Aquel hombre irradiaba mucha luz y atraía con una fuerza magnética increíble. Era el director del centro aunque el cargo era compartido con otras cuatro personas, pero de cara al público él representaba la cabeza del grupo.
En su vida laboral también era un hombre de poder y dirigía una empresa que, por aquel entonces, marchaba perfectamente y le rendía pingües beneficios que le permitían vestir con ropa carísima y llevar un gran tren de lujos. Esto, unido a su don de oratoria y una sonrisa pícara, le hacían irresistible para hombres y mujeres.
Así que nada más entrar en aquel círculo me di cuenta que todas las féminas (y digo todas) tenían las mismas intenciones que yo. Nunca me acercaba a él porque temblaba toda, sólo le miraba y remiraba queriendo conocer aquel extraño poder que ejercía. Él me devolvía las miradas y me guiñaba de vez en cuando (lo hacía con todos), sabía que captaba su mente y esto le gustaba y le ponía nervioso.
Enseguida supe que era un hueso duro de roer porque ¡ERA GAY! Pero caí en la misma ilusión que el resto creyendo que "mi amor" le atraería sin duda.
¡Pobre tonta! A las mujeres las trataba con un desprecio increíble y corría babeando tras cualquier hombre atractivo sin importarle que fuese casado o que su mujer estuviera delante ¡UN AUTÉNTICO PENDÓN DESOREJADO!
Un día encontré la forma de engatusarle: había oído decir que se pirraba porque le echaran las cartas y le hablaran de su futuro. Hice una tirada en casa y vi ciertas cosas que le iban a suceder. En el primer momento que se acercó a mí se lo solté y quedó entusiasmado; a partir de entonces comenzó a venir todos los días a mi casa aunque tardé un tiempo en dejarle entrar. Llamaba al timbre y no le abría: "¡Sé que estás ahí, abre!"