Mucho tiempo permanecí obsesionada con aquel hombre, hasta que le abrí mi puerta y pude verle tal cual era.
Si tenía corazón, lo guardaba bien pertrechado con murallas y puertas de acero.
Siempre estaba en guardia para no demostrar la más mínima simpatía hacia una mujer. Podía oír sus pensamientos "Me encanta, que no se dé cuenta".
Nunca le oí una frase amable hacia ninguna; cosas como: "¡Qué bien te veo hoy! ¡Te sienta bien lo que llevas! ¡Qué rica está la comida que has preparado!..." Nada...
Yo sabía que era gay pero su mente y la mía se encontraban sin palabras y eso nos gustaba a los dos. Pensé que podíamos mantener una amistad, incluso jugar como hacíamos cuando nos gustaba el mismo chico. Yo le había apostado que mientras no fueran homosexuales me los llevaría todos, y así fue.
La gente creía que éramos novios porque me visitaba a diario y permanecimos juntos durante años, si bien entre nosotros no hubo ni un beso. El "Qué asco" de su mente ante las insinuaciones de cualquier mujer se transformó en atracción hacia mí cuando vio que otros hombres me deseaban. Quería ganarles siempre la batalla (tal vez por anteriores desprecios, no sé
.
Hubiera podido acostarme con él porque me lo propuso y durante toda una tarde discutimos dónde y cómo, pero le dije que sólo iría con él cuando me deseara al 100%, de otra forma no me interesaba. Se rajó por supuesto.
Mi atracción por él se apagó. Siempre venía con las manos vacías, nunca tuvo un gesto amable. Era avaro de pensamiento, de palabra y de obra, y le molestaba mucho que se lo dijera.
Llegó un momento en que me cansé de recibirle e invitarle a merendar o a comer; entonces se sintió extrañado de que se le hubiera acabado el chollo. Se sentía ta importante que creía que su sola presencia debería bastar para que todos le agasajáramos.
Tenía lengua viperina y no se cortaba a la hora de burlarse o de criticar. Conmigo dejó de hacerlo cuando le saqué los colores en más de una ocasión.
Dejó de atraerme. Él había menoscabado mi autoestima como hizo con muchos otros. Su complejo de superioridad se alimentaba robando la energía de los que le amaban.
Todos acababan abandonándole...
Dejé aquella escuela también. Al menos aprendí lo que no deseo:
No deseo pertenecer a un grupo que se considera la única puerta de salvación,
no deseo pertenecer a un grupo donde si me siento contenta me dicen: "¡Cuidado con el ego!", y si lo paso mal: ¡"Te lo habrás merecido por tu karma!"
No deseo estar con alguien que no tiene un rasgo de generosidad hacia mí
Y al fin me encontré conmigo misma. En un principio sentí hasta vértigo al no tener ya creencias donde agarrarme, pero la vida me ha enseñado que la ayuda viene siempre de quien menos esperas.
Nadie debería regirse por las ideas de otros. El único guía debe ser el propio corazón